Este especial aniversario del golpe nos convoca a pensar no solo en esa siniestra etapa histórica que atravesó cuerpo y alma del pueblo argentino, sino también en el dolor de tan tremendas injusticias.
Cuando la memoria arde, es imposible no recordar el horror de aquella oscuridad humana a través de los verbos atroces de los crímenes cometidos, por los cuales fueron y están siendo juzgados con carácter de imprescriptibles los responsables penales por lesa humanidad.
Aniquilaron el estado de derecho, las garantías legales, la constitución nacional y el funcionamiento republicano democrático.
Cerraron el Congreso. Intervinieron la Justicia. Ocuparon fábricas, universidades, hospitales. Clausuraron teatros. Quemaron libros. Prohibieron huelgas. Congelaron salarios. Detuvieron, secuestraron, torturaron, asesinaron y desaparecieron personas en centros de exterminio. Arrojaron personas vivas en los vuelos de la muerte. Robaron bebés y niños. Sustituyeron sus identidades. Sustrajeron propiedades. Encarcelaron presos políticos. Obligaron al exilio forzado a miles de argentinos.
¿Para qué o por qué sembrar el terror y cosechar tanta muerte?
Para establecer un modelo colonial agroexportador servil al nuevo orden económico mundial que diseñaba la nueva fase del capitalismo global.
Este especial aniversario nos exige preguntarnos si aquellos objetivos de la dictadura del 76 no los encontramos latentes y vigentes durante toda la experiencia democrática desde 1983 en adelante, en los turnos gubernamentales de neoconservadores-liberales.
Nos obliga a analizar si, como hilo de continuidad histórica, las matrices profundas de los cambios estructurales económicos neoliberales no resuenan inalterables en la actualidad.
Desde Jorge Rafael Videla y José Alfredo Martínez de Hoz, pasando por Carlos Menem y Domingo Cavallo, Mauricio Macri y Luis Caputo, hasta ahora Javier Milei y Luis Caputo, aplicaron y aplican un proyecto político autoritario-represivo, y ejecutaron y ejecutan un modelo económico que causa graves y dramáticas consecuencias políticas, socioeconómicas y humano-culturales.
El plan original mantiene forma y contenido, lenguaje y acciones propias de aquel manual de dominación y explotación diseñado en 1976, reseteados, reconvertidos, actualizados, sin necesidad por ahora de un asalto al poder por parte de militares.
Los cuatro procesos neoliberales argentinos respetaron las características centrales del mismo patrón genético que les dio vida. Cada etapa, y más aún hoy con las transformaciones tecnológicas, profundizó el ADN original generando daños irreparables y, en el mejor de los casos, heridas que cerrarán después de tres o cuatro generaciones.
Pero ninguno de los tres procesos en democracia hubiera sido posible sin el primero, el que impuso a sangre, fuego, desaparición y muerte el cambio de matriz económica. Quebrar el país, romper su aparato productivo y condenar al hambre a millones de personas. La patria financiera decidió matar una generación.
El discurso y las palabras no han cambiado en esencia. Desregulaciones, apertura económica indiscriminada, liberación de flujo y blanqueos de capitales, reformas cambiarias, dólar barato, especulación, timba, bicicleta financiera y fuga de dinero, desindustrialización, debilitamiento del aparato productivo-comercial y recesiones provocadas.
La crueldad represiva y la criminalización de la protesta social es el posmoderno método de sembrar el miedo, el disciplinamiento y el terror social.
La brutalidad económica arrastra a millones al inconsciente de la autoexplotación y el pluriempleo basura para sobrevivir.
Cuarenta y cinco por ciento de la población padece trastornos críticos de salud mental y adicciones, pero la inversión es solo del 0,2 por ciento del presupuesto. Los suicidios en la juventud superaron las cifras de muertes viales y la ausencia es total en materia de políticas públicas, como también ocurre con el femicidio de una mujer o trans cada 32 horas en Argentina, sin planes de prevención, asistencia y protección.
La Argentina que desde 1983, con avances y retrocesos, se había transformado en ejemplo y protagonista global en la promoción y defensa de políticas públicas de derechos humanos, dejando atrás leyes y resoluciones de impunidad, merced a la persistente lucha de los organismos de derechos humanos a través de Madres, Abuelas, Hijos, Nietes, hoy esta severamente observada por la relatoría de las Naciones Unidas debido el negacionismo, reivindicacionismo y vaciamento de areas estatales y sitios- espacios transmisores de los pactos democráticos de “Memoria, Verdad y Justicia”.
Los gobiernos de Mauricio Macri y Javier Milei desmantelaron y desfinanciaron todas las herramientas pedagógicas y las estrategias comunitarias del Nunca Más, y en la actualidad desde esas fuerzas políticas se acentúan los intentos de indulto y conmutación de penas para los represores autores de delitos de lesa humanidad, totalmente inaplicables por la declaración de inconstitucionalidad. Lamentablemente nuestro país retrocede de aquel dignísimo rol de líder en materia de derechos humanos que supo consolidar.
Las crías de aquellos huevos de la serpiente de la derecha dictatorial de hace cincuenta años ya consideran políticamente correcto —y con los votos obtenidos en elecciones democráticas— formatear y subvertir la existencia misma de este país.
Degradar las instituciones republicanas, corromper y romper los poderes del estado, desordenar el sistema democrático, descalificar y violentar la política, agitar la batalla cultural del odio social, demonizar lo público y lo colectivo, caotizar la vida cotidiana, desmantelar las conquistas de derechos, concentrar la riqueza, sobreendeudar serialmente a la nación, vulnerar hasta el extremo la dignidad del trabajo, precarización explotadora, caída de los salarios, desfinanciación de la salud, la discapacidad, la educación, la ciencia, la tecnología, la cultura y el sistema previsional.
La patria quedó atrapada en la telaraña: el endeudamiento externo, la pesada deuda interna, sin independencia económica, con pérdida de soberanía y patrimonio nacional de bienes comunes y recursos naturales, y claras intenciones de desintegración territorial, con ruptura de valores como la solidaridad y la justicia social.
La patria está sombríamente atrapada en la tiranía formal de una sociedad de poder compuesta aceitadamente por la Corte Suprema de Injusticia, los tribunales porteños arma causas, el blindaje asqueante de la prensa canalla y el desequilibrado mesianismo místico y mentiroso ultralibertario del poder político gobernante.
Todos dispuestos a pergeñar un dispositivo de impunidad que impida investigar sus propias corrupciones, o que habilite impunidad mediante el indulto para los represores condenados por crímenes de lesa humanidad.
Una muestra aberrante de estos procederes antirepublicanos son las detenciones arbitrarias e ilegales de militantes populares convertidos en presos políticos, o la injusta condena y prisión domiciliaria a la que se somete a una expresidenta de la nación, víctima de un intento de magnicidio que quedo en una nebulosa de impunidad y sin esclarecer.
Todo debidamente subordinado y alineado a los intereses geopolíticos norteamericanos, al Fondo Monetario Internacional y a la derecha global, capaces de sostener salvatajes financieros y mecanismos de Lowfer para evitar que la crisis argentina no se desborde.
Sumado al vergonzoso presidente argentino junto a los empresarios entreguistas convertidos —no gratuitamente— en los garantes del saqueo, acumulación y apropiación de nuestras riquezas nacionales.
El inventario coyuntural Incluye la obscena e irresponsable decisión unilateral del gobierno argentino de alistar a las fuerzas armadas para cooperar en guerras genocidas ajenas, o sumarse y colaborar en las operaciones de injerencia violenta en países latinoamericanos, lesionando el derecho de sus pueblos a la libre autodeterminación.
Como dice Emilce Moler, sobreviviente de La Noche de los Lápices: “Habrá que volver a explicarlo todo”. “La agenda de los derechos humanos es una estrategia defensiva, de resistencia; deberá volver a ser eje de vanguardia”, como hace 43 años cuando recuperamos la democracia. Hoy tan deslucida y tan poco real. ¿Qué democracia tenemos?
¿Cuáles son los factores o rasgos autoritarios de aquella dictadura de hace 50 años que hoy se proyectan, laten y sobreviven en esta democracia?
¿Qué se hace para removerlos?
Parece mentira. Son tiempos de defender y luchar por lo obvio. Cierto humanismo básico.
Pero también son tiempos para tomar el coraje y la potencia de aquella generación mutilada del 76 y reconectarla con las nuevas generaciones.
Las madres pudieron preguntar en el cara a cara con los militares, en las rondas de los jueves de Plaza de mayo en plena dictadura: ¿Dónde están nuestros desaparecidos? Digan dónde están.
La memoria es la fuerza que nos organiza. Hoy como aquellas madres, en esta plaza preguntamos:
¿Dónde están nuestros desaparecidos?
¡Qué digan dónde están!
Gustavo Pérez Ruíz
Biografía + Publicaciones
